El antisemitismo de Hitler, es decir el odio a los judíos, árabes o gitanos, fue hábilmente transmitido al pueblo alemán gracias a la intervención de varios factores. La Alemania de posguerra se encontraba sumida en una profunda crisis económica, moral, y social. Al término de la primera guerra mundial, se condenó a Alemania y sus aliados, a un pago de deuda externa, para algunos expertos, elevado. El Marco Alemán perdió casi en su totalidad su valor. El desempleo se agudizó y la sensación de una traición histórica, quedó pendiente en el inconsciente colectivo alemán. Adolfo Hitler, había sido soldado raso en aquella guerra. Era uno de los tantos convencidos, por ignorancia, de que todos los problemas se debían a los judíos. En toda Europa se les veía con resentimiento y con el respeto a quién posee capital. Por toda Europa circulaba el rumor, producto de un libro apócrifo, de que los judíos planeaban dominar el mundo y muchos, intelectuales inclusive, lo creían. Hitler no inventó el odio al pueblo judío. En cantinas simpatizó con varios drogadictos, veteranos de la guerra, desempleados, jóvenes resentidos con todo lo que no signifique alemán y poco a poco, se fue formando un grupo fiel a sus creencias. Por esta época, Hitler descubrió su enorme e insospechada habilidad para la oratoria. Arte de hablar con elocuencia, capacidad de convencer mediante el único uso de la palabra. Repite una mentira mil veces y se convertirá en realidad según reza un viejo refrán. El grupo alrededor de Hitler fue pronto, un partido político. En 1921, Hitler asume el cargo del jefe del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Había que hacer algo para llegar al poder y levantar la moral alemana. La ignorancia, sumado con la desesperante necesidad de creer en alguien, llevó al pueblo alemán a creer que, en efecto eran una raza superior y que Hitler era el político que levantará la vieja Gloria Alemana. Hitler convenció con la palabra. Dijo lo se quería oír. Las consecuencias del fanatismo se han visto a lo largo de la historia. El siglo XX fue sin duda el siglo de la destrucción y el odio. Nada nos dice que las cosas cambiarán, pero el estudio del pasado, reciente o lejano, podría ser la mejor herramienta del presente.Los partos, representaban el problema más agudo de la enfermería. Independientemente de la extrema insalubridad, tenían la seguridad de que si la madre y el bebé nacían vivos, serían mandados de inmediato a la cámara de gas. Sólo los bebes que nacían muertos garantizaban unos meses más a la madre. Olga Lengyel y las otras enfermeras decidieron sacrificar recién nacidos para salvar a las madres. Los Nazis evitaban a toda costa la descendencia. Mujer que notaban embarazada era muerta de inmediato, aún así, algunas lograban mantener su embarazo hasta el parto, pero su bebé, de antemano, estaba condenado a morir en Birkenau.Las torturas infringidas pasaban de la crueldad absoluta a lo descabellado. Las prisioneras podían ser obligadas a cargar piedras de un lado a otro o limpiar los pozos usados como letrinas. El olor que quedaba impregnado era inamovible.
Los cambios de residencia eran comunes, los piojos también. Todas soñaban con escapar pero era imposible. Las custodias recibían premios por reas cazadas, la alambrada de púas estaba electrificada, había perros entrenados, y la sirena sonaba permanentemente. Tadek, el polaco que alguna vez intentó seducir a Olga, intento en vano fugarse. Su castigo fue, por supuesto, su vida.
viernes, 24 de octubre de 2008
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