Su familia constaba de dos hijos: Thomás y Arved, los padres de la autora y su padrino. El peligro de una ciudad en medio de la guerra se respiraba en el ambiente, pero el gobierno local simpatizaba con el régimen Nazi y colaboraba con ellos. Todos pensaban que las narraciones de un oficial Nazi que los trató antes de su arresto, eran meras exageraciones, producto de una mente alcoholizada con el fin de crear miedo en la población. Algo se escucha de los campos de concentración. Imposible creer que tal crueldad sea posible. Se sabe que parte de la ideología del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes se fundamenta en la creencia de una raza superior. Los alemanes son Arios, descendientes de una raza caucásica, cuyo privilegio residía en no haberse mezclado jamás con cualquier otra.
Ésta raza es superior a todas las demás. Ésta raza es la destinada a dominar al mundo. Lo anterior, fue ciegamente creído por millares de soldados y civiles y había desembocado en la segunda guerra mundial.
Un despido masivo de judíos sucede, la confiscación de sus bienes se realiza y en cuestión de segundos quedan reducidos a la pobreza. El gobierno Húngaro pronazi, facilitaba la acción de la policía secreta, conocida como la Gestapo, y las fuerzas de los SS. Los saqueos a los negocios por los mismos soldados, eran normales así como los fusilamientos en masa de los bosques. Los cuerpos eran arrojados al río. Durante una larga temporada, las señoras que compraban pescado en el mercado, se asombraban de descubrir restos humanos en el estomago del pescado cuando lo limpiaban. El tren se detuvo hasta la siguiente noche fueron sacados. Los médicos fueron separados así como los hombres de un lado y las mujeres del otro.
Unas ambulancias llegaban supuestamente para llevarse a los enfermos. Las familias son separadas. Cada tren descargaba de cuatro a cinco mil pasajeros, todos eran custodiados por guardias de la SS y los dividían. Niños y viejos a la izquierda. Olga sospecha que los mayores serán mandados a trabajos forzados y miente al decir que su hijo mayor tiene menos de doce años. De modo que toda su familia, salvo ella y su esposo pasaron a engrosar las filas izquierdas. Una brisa fresca recordaba el olor de la carne quemada. Todo estaba rodeado por alambres electrificados de púas.
Las mujeres fueron obligadas a desnudarse y metidas a un hangar. Olga pudo pasar de contrabando unas píldoras con veneno por si necesitaba de ese último recurso pero recuerda “mi vergüenza estaba superada por mi miedo”. Las examinaron delante de soldados borrachos y posteriormente las raparon. Cualquier intento de desobediencia era contestado con golpes a los genitales o la cabeza.
Olga se encontraba en el campo de concentración de Birkenau, a ocho kilómetros de otro conocido como Auschwitz. Un edificio de rojo ladrillo que guardaba el extraño olor dulzón llamó la atención de Olga; se le dijo que era una panadería.
Pronto todo se descubrió. Birkenau era la última parada de los demás campos de concentración que sólo eran de trabajos forzosos. Birkenau era un campo de exterminio donde las cámaras de gas y los hornos crematorios, simplemente, no dejaban de funcionar. La barraca 26 era una especie de establo donde se encontraban unos camastros y dormían de 16 a 20 personas. Las barracas recorrían todo el campo y eran alumbradas por las noches con fuertes reflectores.
Dos días después, les dieron su primera comida, una bebida nauseabunda que burlonamente denominaban café y a mediodía, una sopa de olor repugnante, y por la tarde, un trozo de pan negro. Las custodias las golpeaban a la menor provocación. Irka, una polaca que llevaba cuatro años viviendo en Birkenau le habla a Olga de los hornos.
Olga descubrió que había mandado a toda su familia a la cámara de gas. Incluido a su hijo quien no había sido seleccionado. Olga se desmoraliza e intenta localizar a su esposo pues, en su calidad de doctor, pudiera vivir en algún lado. Cuando lo encontró, ambos se asombraron del rápido cambio que tenían. Sus esqueléticas figuras rapadas se encontraron frente a frente..
Todos los días había dos llamados a lista; una al amanecer y otra a las tres de la tarde aunque era común dejarlas esperar horas bajo el sol, inclusive de rodillas. Había 1400 mujeres en esa zona, 35000 en todo el campo y un total de 200000 en toda el área comprendida Birkenau-Auschwitz., estén dónde estén y sin importar el estado de salud, que estar presentes a la hora del llamado. Si llegase a faltar alguna, sin importar que estuviera muerta, había graves consecuencias para todas. Las selecciones eran hechas por el doctor Mengerle, el doctor Klein, Irma Griese y otros altos oficiales Nazis. La selección era para la cámara de gas y algunas veces para industrias. Se retiraban de veinte a cuarenta personas por barraca. En promedio se enviaban a la muerte de quinientas a seiscientas personas por selección.
El campamento contaba con una avenida principal de quinientos metros de largo, era flanqueada por diecisiete barracas por cada lado. Las barracas eran retretes o lavabos, alguna se destinaba a guardar los alimentos, otra administraba y alojaban a las reclusas. Había una jefa por cada sección: Blocovas mismas que gozaban de privilegios como alimentos, ropa, y de escoger esclavas entre las reclusas. Las mujeres peleaban entre sí, pues el hurto era la única manera de supervivencia. Se robaba la ropa por muy deshilachada que estuviera. Se robaba la mísera comida o cualquier cosa que pudiera servir para el mercado negro.
Olga conoció a un joven polaco que sonreía a pesar del descarnado espectáculo que a diario tenía que presenciar. Llevaba cuatro años en campos de concentración y según recuerda la autora, “era la única voz que tenía sonidos humanos”. Inician una amistad. Tadek invita un día a Olga a salir de la barraca y la lleva a un apartado donde otros reclusos –había muy pocos hombres- cocinaban una papa. Para Olga aquello era inconcebible pues ningún alimento que se precie de serlo, era destinado a los reclusos. Tadek mostró pronto sus intenciones al querer seducir a Por medio de sus contactos, Tadek intercambiaba comida por sexo. Olga llevaba días sin probar bocado y va a un apartado donde había escuchado que los hombres se reunían y que existía la posibilidad de que alguno compartiera un mendrugo de pan.
Sin embargo, encontró a hombres y mujeres apretados en la pequeña estancia donde el mercado negro de favores sexuales por algún pedazo de mantequilla eran las reglas del juego.. De nada sirvió el reclamo. La ley del más fuerte se imponía.
Luego de unas semanas, Olga Lengyel era un esqueleto viviente, víctima de calenturas y ataques de tos. Cierto día, fue seleccionada junto con otras a la cámara de gas. Olga se asombró pues muchas mujeres ignoraban o no querían saber de la existencia de las cámaras y hornos. Se encontró en el dilema de hacerlas reaccionar o dejarlas en sus fantasías.
Magda una de sus amigas, era una de ellas. Olga le dice que tienen que huir. Magda se resiste a creer. En un descuido de los guardias, Olga escapó y llegó a otra barraca, se cambia de indumentaria y regresó a su barraca. La blocova de su zona reconocio a Olga y le pidió sus botas a cambio de no decir nada. Olga aceptó.Un día se anuncia la intención de poner una enfermería en la barraca quince. Una semana después se instaló un hospital. Olga es nombrada parte del personal y se muda a la enfermería donde mejora relativamente su estancia. Diariamente se levantaba a las cuatro de la madrugada y daba consulta hasta entrada la noche. Al día llegaba a recibir más de mil quinientas enfermas. Y aunque en el hospital de la barraca había en promedio de cuatrocientas a quinientas pacientes, escaseaba la medicina y el agua por lo que todo, inclusive las operaciones, se realizaban en degradantes condiciones. Era tal la suciedad, que la autora confiesa haber seriamente dudado de sus teorías sobre la esterilización de los instrumentos. El total de internadas en todo Birkenau ascendía a treinta mil, y sólo cinco mujeres las atendían. Las cinco mujeres que atendían la enfermería carecían de uniforme y atendían con los andrajos de siempre. La situación mejoró en cuestión del dormitorio pues les asignaron el viejo urinario de la barraca doce. En seis camastros donde se acomodaban y dormían apretadas.
Aunque el campo era básicamente de mujeres, había algunos internos hombres. Un francés, denominado por la autora como L, llegó a convertirse en un visitante asiduo a la enfermería. Además de su presencia simpática y graciosa, L traía noticias sobre el frente de guerra. Las noticias levantaban el espíritu a las reclusas pues no tenían acceso a ninguna información. Olga cae en una profunda depresión, L la llama y la alienta a seguir adelante. Le habla de su trabajo y del sufrimiento que llega a quitar. Olga le pregunta qué tiene que hacer. L le dice que debe de divulgar la situación externa, mantener la fe y la esperanza en las reclusas y por el cargo que desempeña, queda perfecta como oficina de correos. Se le entregarían cartas y paquetes, jamás sabría el nombre de ninguna persona que lo manda o recibe, ni tampoco sabrán el suyo por razones estrictas de seguridad, si la descubren será mandada inmediatamente a la cámara de gas y de ahí al crematorio.
Diariamente, llegaban a Birkenau dos o tres trenes, cada uno con 30 o 50 vagones repletos de judíos, enemigos políticos, criminales, prisioneros de guerra y civiles. Todos llegaban con falsas promesas y siempre era el mismo rito: izquierda cámara de gas y derecha, detención temporal en Auschwitz. El procedimiento era sencillo: los deportados llegaban con falsas promesas, había pocos soldados, si la familia quería estar reunida se les permitía, de fondo se escuchaba algún conjunto de jazz, se les informa que serán bañados para desinfectarse, se amontona la mayor cantidad de personas posibles en unos cuartos enormes que simulan baños públicos. Se cierra la puerta y cuando la temperatura humana había subido, un soldado alemán dejaba caer una pastilla de gas a base de cianuro. La asfixia es inmediata. Cuando se abrían las puertas, se encontraban los cuerpos amontonados unos sobre otros, los moribundos eran levantados con brusquedad y arrojados entre los cadáveres para ser llevados a los hornos crematorios, no sin antes, extraerles dientes de oro, pertenencias y cortarles el pelo.
Olga trabajaba de enfermera, pero eso no le perdonaba trabajar, como todas, en el transporte de cadáveres. Básicamente, el trabajo consistía en trasladar los cuerpos de la enfermería al depósito de cadáveres. A menudo, cuenta la autora, sus pacientes eran su propia carga en cuestión de días.
El doctor Fritz Klein, quién había seleccionado a Olga Lengyel como enfermera, era un alto oficial que se encargaba, junto con Irma Griese y otros oficiales de las selecciones a las cámaras de la muerte. Eran los días lunes, miércoles y sábados. Irma Griese tenía 22 años y es, según la autora, una mujer de extrema belleza que gustaba de caminar frente a las reclusas moviendo sus caderas y presumiendo sus perfumes. Su crueldad era palpable pues azotaba con su látigo indiscriminadamente. Por su parte, el doctor Klein llegaba a tener pruebas, sino de bondad, por lo menos de humanidad pues había “deseleccionado” a varias reclusas que sólo esperaban el momento para partir a la cámara de gas. En alguna ocasión, la autora cuenta como, luego de sus suplicas, el doctor Klein había salvado la vida de treinta mujeres. Olga Lengyel fue castigada por Irma Griese sin embargo, apareció el doctor Klein y la mandó llamar. Olga rompió filas y se acercó al doctor quien le extendió un paquete de medicinas. Irma Griese, quien era la jefa de campo protestó y enfrentó al doctor. Klein no se dejó intimidar pues era el jefe de sanidad del campo. Ambos discutieron por Olga. Cuando la autora llegó a su barraca, fue llamada por el “ángel de la muerte” quien la golpeó repetidas veces.
Olga fue tatuada con el número 25, 413. Un sin fin de signos se escondían bajo los tatuajes. Se marcaba la nacionalidad, el crimen, la religión, su carácter de condenado a muerte etc.La práctica de cualquier religión estaba prohibida en los campos, los religiosos eran los más humillados por los soldados. “No hay nación que pueda existir sin Dios”.
Las torturas infringidas pasaban de la crueldad absoluta a lo descabellado. Las prisioneras podían ser obligadas a cargar piedras de un lado a otro o limpiar los pozos usados como letrinas. El olor que quedaba impregnado era inamovible. 6 meses vivió Olga con 5 personas, posteriormente el personal aumentó a 12 pues las epidemias se multiplicaban. Sus amistades son especialmente recordadas. La sarna enfermó a Olga quién continuaba recibiendo y entregando paquetes para la resistencia.
Todo acto en el campo de concentración de Birkenau o Auschwitz era de resistencia. Cuando las empleadas del Canadá desviaban los productos con destino a Alemania, cuando las trabajadoras de cualquier índole retrasaban su trabajo, cuando hacían sus pequeñas fiestas e incluso cuando lograban reunir a familiares, eran considerados actos de resistencia con un solo fin. Sobrevivir para contarle al mundo lo que les sucedió.
El 7 de octubre de 1944, un crematorio explotó. Un esclavo de las cámaras logró introducir algunas bombas caseras. Sabía que a lo mucho tenía tres meses de vida, pues su trabajo consistía en retirar los cuerpos de la cámara de gas y sólo permanecían algunos meses desempeñando esa labor. Decidió dedicar sus últimos días a destruir la cámara infernal. Algunos reos aprovecharon la confusión y lograron fugarse. El grupo insurgente fue atrapado y les dispararon en la nuca.
Un internado francés que llegó un día a la enfermería, llamó la atención de Olga pues en su cara se notaba una felicidad contenida. El francés se acercó y le cuchicheó al oído que París había sido liberado. El rumor corrió con rapidez en los baños y lavabos. La esperanza comenzó a emerger entre todas las prisioneras.
Los pulmones fueron mandados a la compañía para su análisis. Se hacían pruebas con hormonas y se ofrecían remedios contra el insomnio, la mayoría de las veces, las pacientes morían por la cura. Un millar de muchachos entre 13 y 16 años fueron esterilizados para satisfacer la curiosidad médica Nazi.
Olga no perdió la esperanza de volver a ver a su marido y luego de algunas pesquisas, dio con su paradero. Logró enviarle una nota dónde le avisaba que iba en su encuentro. La manera fue viajar en el “carro de la muerte”. Carro que transportaba a los locos que para la lógica alemana, resultaban interesantes. Entre gritos, personas masturbándose y parejas que simulaban la cópula, Olga viajo al encuentro de Miclos. Ambos se vieron más espectrales que nunca. Se dieron ánimos y se despidieron discretamente, pues Olga viajaba de incógnito. Fue la última vez que la autora vio al doctor Miclos Lengyel. Tiempo después la zona fue desalojada.
Olga Lengyel concluyr con la meditación sobre el salvajismo que se encierra en el hombre. Ante tantos horrores que presenció en dicho ligar, incluso el llegó a dudar de la parte benévola de las personas. Algunas personas que conoció durante su estadía, la enseñaron a mantener la moral, la fe y la esperanza en alto. A todos aquellos y a los sacrificados de los campos de concentración dedica sus memorias.
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