El libro es un testimonio de una sobreviviente de los campos de concentración Nazi de Auschwitz y Birkenau. Nombres de no grata memoria pues resumen quizás, el punto más bajo de la crueldad y el fanatismo humano. Si la realidad se impone sobre la fantasía, resulta estrujante la profunda oscuridad que puede esconder el alma humana. La doctora Olga Lengyel escribe sus experiencias en los nombrados campos de exterminio desde su llegada, hasta la liberación. Sus detalladas descripciones comprenden en su totalidad el libro. Su intención es compartir su experiencia para que el futuro, no nos tomé por sorpresa.
A principios de 1944, dos terceras partes de Europa, pertenecían al Tercer Reich. Es decir, al imperio que según Hitler, está destinado a cumplir mil años. La acción sucede en la ciudad de Klausenburg o Clud como comúnmente se conocía a la antigua capital de Transilvania. En ella un matrimonio de doctores: Miclos y Olga Lengyel contaban con su propio hospital, producto del esfuerzo el trabajo y la dedicación del esposo. Su familia constaba de dos hijos: Thomás y Arved, los padres de la autora y su padrino. El peligro de una ciudad en medio de la guerra se respiraba en el ambiente, pero el gobierno local simpatizaba con el régimen Nazi y colaboraba con ellos. Todos pensaban que las narraciones de un oficial Nazi que los trató antes de su arresto, eran meras exageraciones, producto de una mente alcoholizada con el fin de crear miedo en la población. Algo se escucha de los campos de concentración. Imposible creer que tal crueldad sea posible. Se sabe que parte de la ideología del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes se fundamenta en la creencia de una raza superior. Los alemanes son Arios, descendientes de una raza caucásica, cuyo privilegio residía en no haberse mezclado jamás con cualquier otra. Ésta raza es superior a todas las demás. Ésta raza es la destinada a dominar al mundo. Lo anterior, fue ciegamente creído por millares de soldados y civiles y había desembocado en la segunda guerra mundial.
Un despido masivo de judíos sucede, la confiscación de sus bienes se realiza y en cuestión de segundos quedan reducidos a la pobreza. El gobierno Húngaro pronazi, facilitaba la acción de la policía secreta, conocida como la Gestapo, y las fuerzas de los SS. Los saqueos a los negocios por los mismos soldados, eran normales así como los fusilamientos en masa de los bosques. Los cuerpos eran arrojados al río. Durante una larga temporada, las señoras que compraban pescado en el mercado, se asombraban de descubrir restos humanos en el estomago del pescado cuando lo limpiaban.
Dentro de las entrañas del Partido Nazi, ya se había decidido que hacer con los negros, gitanos, árabes, latinos y toda aquella raza que no sea Aria: la exterminación. Los judíos, más de once millones que vivían en la Alemania Nazi, serían el primer blanco. Se nombra a Adolf Eichmann, oficial SS, como encargado de realizar “La solución final”.
El doctor Lengyel fue traicionado por un medico a su servicio, quién había visto su nombre en la lista de sospechosos del régimen. Denunció al doctor y extorsiona a su esposa para que firme unos documentos dónde se especifica que les vendió el hospital y su casa. Olga Lengyel ante el miedo de perder a su marido los firma. La huida es la única solución pues la guerra ha llegado al pueblo, y las deportaciones comienzan a vaciar la comunidad. Miclos será deportado a Alemania, Olga trata en vano de salvarlo, sabe que pude reunirse con él, pero no sabe que hacer con sus padres e hijos. Un oficial alemán le dice que pude llevarlos a todos si quiere y que está por salir un tren rumbo a la misma dirección. Olga, Miclos, sus hijos y abuelos llegaron a la estación de ferrocarriles y en vagones aptos para ocho caballos, se amontonaban a 96 personas por vagón. Partieron con rumbo desconocido y viajaron durante tres días. Si querían comer o algo de beber tenían que ceder sus prendas a los oficiales alemanes. Tres personas murieron adentro del vagón pero a ningún oficial le importó las súplicas de los pasajeros. Las puertas se abrieron hasta que se llegó al destino.
· El antisemitismo de Hitler, es decir el odio a los judíos, árabes o gitanos, fue hábilmente transmitido al pueblo alemán gracias a la intervención de varios factores. La Alemania de posguerra se encontraba sumida en una profunda crisis económica, moral, y social. Al término de la primera guerra mundial, se condenó a Alemania y sus aliados, a un pago de deuda externa, para algunos expertos, elevado. El Marco Alemán perdió casi en su totalidad su valor. El desempleo se agudizó y la sensación de una traición histórica, quedó pendiente en el inconsciente colectivo alemán. Adolfo Hitler, había sido soldado raso en aquella guerra. Era uno de los tantos convencidos, por ignorancia, de que todos los problemas se debían a los judíos. En toda Europa se les veía con resentimiento y con el respeto a quién posee capital. Por toda Europa circulaba el rumor, producto de un libro apócrifo, de que los judíos planeaban dominar el mundo y muchos, intelectuales inclusive, lo creían. Hitler no inventó el odio al pueblo judío. En cantinas simpatizó con varios drogadictos, veteranos de la guerra, desempleados, jóvenes resentidos con todo lo que no signifique alemán y poco a poco, se fue formando un grupo fiel a sus creencias. Por esta época, Hitler descubrió su enorme e insospechada habilidad para la oratoria. Arte de hablar con elocuencia, capacidad de convencer mediante el único uso de la palabra. Repite una mentira mil veces y se convertirá en realidad según reza un viejo refrán. El grupo alrededor de Hitler fue pronto, un partido político. En 1921, Hitler asume el cargo del jefe del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Había que hacer algo para llegar al poder y levantar la moral alemana. La ignorancia, sumado con la desesperante necesidad de creer en alguien, llevó al pueblo alemán a creer que, en efecto eran una raza superior y que Hitler era el político que levantará la vieja Gloria Alemana. Hitler convenció con la palabra. Dijo lo se quería oír. Las consecuencias del fanatismo se han visto a lo largo de la historia. El siglo XX fue sin duda el siglo de la destrucción y el odio. Nada nos dice que las cosas cambiarán, pero el estudio del pasado, reciente o lejano, podría ser la mejor herramienta del presente.
miércoles, 29 de octubre de 2008
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