viernes, 21 de noviembre de 2008

Los Hornos de Hitler

El antisemitismo de Hitler, es decir el odio a los judíos, árabes o gitanos, fue hábilmente transmitido al pueblo alemán gracias a la intervención de varios factores. La Alemania de posguerra se encontraba sumida en una profunda crisis económica, moral, y social. Al término de la primera guerra mundial, se condenó a Alemania y sus aliados, a un pago de deuda externa, para algunos expertos, elevado. El Marco Alemán perdió casi en su totalidad su valor. El desempleo se agudizó y la sensación de una traición histórica, quedó pendiente en el inconsciente colectivo alemán. Adolfo Hitler, había sido soldado raso en aquella guerra. Era uno de los tantos convencidos, por ignorancia, de que todos los problemas se debían a los judíos. En toda Europa se les veía con resentimiento y con el respeto a quién posee capital. Por toda Europa circulaba el rumor, producto de un libro apócrifo, de que los judíos planeaban dominar el mundo y muchos, intelectuales inclusive, lo creían. Hitler no inventó el odio al pueblo judío. En cantinas simpatizó con varios drogadictos, veteranos de la guerra, desempleados, jóvenes resentidos con todo lo que no signifique alemán y poco a poco, se fue formando un grupo fiel a sus creencias. Por esta época, Hitler descubrió su enorme e insospechada habilidad para la oratoria. Arte de hablar con elocuencia, capacidad de convencer mediante el único uso de la palabra. Repite una mentira mil veces y se convertirá en realidad según reza un viejo refrán. El grupo alrededor de Hitler fue pronto, un partido político. En 1921, Hitler asume el cargo del jefe del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Había que hacer algo para llegar al poder y levantar la moral alemana. La ignorancia, sumado con la desesperante necesidad de creer en alguien, llevó al pueblo alemán a creer que, en efecto eran una raza superior y que Hitler era el político que levantará la vieja Gloria Alemana. Hitler convenció con la palabra. Dijo lo se quería oír. Las consecuencias del fanatismo se han visto a lo largo de la historia. El siglo XX fue sin duda el siglo de la destrucción y el odio. Nada nos dice que las cosas cambiarán, pero el estudio del pasado, reciente o lejano, podría ser la mejor herramienta del presente.
A principios de 1944, dos terceras partes de Europa, pertenecían al Tercer Reich. Es decir, al imperio que según Hitler, está destinado a cumplir mil años. La acción sucede en la ciudad de Klausenburg o Clud como comúnmente se conocía a la antigua capital de Transilvania. En ella un matrimonio de doctores: Miclos y Olga Lengyel contaban con su propio hospital, producto del esfuerzo el trabajo y la dedicación del esposo. Su familia constaba de dos hijos: Thomás y Arved, los padres de la autora y su padrino. El peligro de una ciudad en medio de la guerra se respiraba en el ambiente, pero el gobierno local simpatizaba con el régimen Nazi y colaboraba con ellos. Todos pensaban que las narraciones de un oficial Nazi que los trató antes de su arresto, eran meras exageraciones, producto de una mente alcoholizada con el fin de crear miedo en la población. Algo se escucha de los campos de concentración. Imposible creer que tal crueldad sea posible. Se sabe que parte de la ideología del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes se fundamenta en la creencia de una raza superior. Los alemanes son Arios, descendientes de una raza caucásica, cuyo privilegio residía en no haberse mezclado jamás con cualquier otra. Ésta raza es superior a todas las demás. Ésta raza es la destinada a dominar al mundo. Lo anterior, fue ciegamente creído por millares de soldados y civiles y había desembocado en la segunda guerra mundial.Un despido masivo de judíos sucede, la confiscación de sus bienes se realiza y en cuestión de segundos quedan reducidos a la pobreza. El gobierno Húngaro pronazi, facilitaba la acción de la policía secreta, conocida como la Gestapo, y las fuerzas de los SS. Los saqueos a los negocios por los mismos soldados, eran normales así como los fusilamientos en masa de los bosques. Los cuerpos eran arrojados al río. Durante una larga temporada, las señoras que compraban pescado en el mercado, se asombraban de descubrir restos humanos en el estomago del pescado cuando lo limpiaban.Dentro de las entrañas del Partido Nazi, ya se había decidido que hacer con los negros, gitanos, árabes, latinos y toda aquella raza que no sea Aria: la exterminación. Los judíos, más de once millones que vivían en la Alemania Nazi, serían el primer blanco. Se nombra a Adolf Eichmann, oficial SS, como encargado de realizar “La solución final”.
Pronto todo se descubrió. Birkenau era la última parada de los demás campos de concentración que sólo eran de trabajos forzosos. Birkenau era un campo de exterminio donde las cámaras de gas y los hornos crematorios, simplemente, no dejaban de funcionar. La barraca 26 era una especie de establo donde se encontraban unos camastros y dormían de 16 a 20 personas. Las barracas recorrían todo el campo y eran alumbradas por las noches con fuertes reflectores.
Todos los días había dos llamados a lista; una al amanecer y otra a las tres de la tarde aunque era común dejarlas esperar horas bajo el sol, inclusive de rodillas. Había mil cuatrocientas mujeres en esa zona, treinta y cinco mil en todo el campo y un total de doscientos mil en toda el área comprendida Birkenau-Auschwitz. Todas tenían, estén dónde estén y sin importar el estado de salud, que estar presentes a la hora del llamado. Si llegase a faltar alguna, sin importar que estuviera muerta, había graves consecuencias para todas. Las selecciones eran hechas por el doctor Mengerle, el doctor Klein, Irma Griese y otros altos oficiales Nazis. La selección era para la cámara de gas y algunas veces para industrias. Se retiraban de veinte a cuarenta personas por barraca. En promedio se enviaban a la muerte de quinientas a seiscientas personas por selección.
La enfermería.Un día se anuncia la intención de poner una enfermería en la barraca quince. Una semana después se instaló un hospital. Olga es nombrada parte del personal y se muda a la enfermería donde mejora relativamente su estancia. Diariamente se levantaba a las cuatro de la madrugada y daba consulta hasta entrada la noche. Al día llegaba a recibir más de mil quinientas enfermas. Y aunque en el hospital de la barraca había en promedio de cuatrocientas a quinientas pacientes, escaseaba la medicina y el agua por lo que todo, inclusive las operaciones, se realizaban en degradantes condiciones. Era tal la suciedad, que la autora confiesa haber seriamente dudado de sus teorías sobre la esterilización de los instrumentos. El total de internadas en todo Birkenau ascendía a treinta mil, y sólo cinco mujeres las atendían.
Los partos, representaban el problema más agudo de la enfermería. Independientemente de la extrema insalubridad, tenían la seguridad de que si la madre y el bebé nacían vivos, serían mandados de inmediato a la cámara de gas. Sólo los bebes que nacían muertos garantizaban unos meses más a la madre. Olga Lengyel y las otras enfermeras decidieron sacrificar recién nacidos para salvar a las madres. Los Nazis evitaban a toda costa la descendencia. Mujer que notaban embarazada era muerta de inmediato, aún así, algunas lograban mantener su embarazo hasta el parto, pero su bebé, de antemano, estaba condenado a morir en Birkenau.
Las torturas infringidas pasaban de la crueldad absoluta a lo descabellado. Las prisioneras podían ser obligadas a cargar piedras de un lado a otro o limpiar los pozos usados como letrinas. El olor que quedaba impregnado era inamovible.Los cambios de residencia eran comunes, los piojos también. Todas soñaban con escapar pero era imposible. Las custodias recibían premios por reas cazadas, la alambrada de púas estaba electrificada, había perros entrenados, y la sirena sonaba permanentemente.
El 17 de enero de 1945 hubo un desalojo en Birkenau. Los documentos oficiales fueron destruidos y se ordenó el inmediato desalojo de la población. La evacuación se inició a medía noche con dirección a Alemania. Sin duda las tropas soviéticas se encontraban cerca de ahí. Olga Lengyel salió de Birkenau con vida.En el camino se encuentran muertos por doquier, nadie se atreve a romper filas pues los soldados y sus perros mantienen la vigilancia. Un estruendo lejano confirmaba la noticia. Los rusos estaban “a un disparo de ahí”.

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